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Prey necesita que lo jueguen despacio

Prey es un digno heredero de las ideas de System Shock y uno de los juegos más raros y originales de esta primera mitad de 2017

Ya está disponible en PC, PS4 y Xbox One

Más allá de la estética y la acción, Matrix es una película que marcó a una generación por la revelación a mitad de la película de que todo cuanto rodeaba a Neo era una mentira y que el mundo real es peligroso y horrible. Llevado al mundo del videojuego, esta idea es algo que siempre está sobre la cabeza del jugador cuando se enfrenta a Portal, quizá le mejor juego desarrollado por Valve, con perdón de Half-Life 2.

En este sentido, Prey no podría ser más parecido, ni tampoco más directo: presenta esta revelación al jugador tras apenas media hora de juego y cuando todavía no se sabe casi nada sobre cómo se juega. Y sin embargo, deja claro todo a nivel de historia y ambientación.

Sí, has sido un conejillo de indias. No, nada, pero que nada ha salido bien con los experimentos. Efectivamente, estás atrapado (o atrapada, que puedes jugar como hombre o mujer) en una estación espacial de una empresa privada en un universo en el que Kennedy no fue asesinado, en el que el Art decó no está demodé y en el que tu hermano es un cabrón enfermizo.

Una vez sabes todo esto, ya toca jugar. Y vaya si se juega. Acostumbrados a videojuegos de disparos que reciclan ideas de Call of Duty o que explican todo como si los jugadores no llevaran años acostumbrados a cómo funciona el medio en el que se han desarrollado como adultos, Prey presenta sus ideas, sus armas, sus enemigos y sus puzles con ejemplos perfectos. “¿Has visto como ese superviviente ha usado un arma que lanza pegotes de pegamento para subir por la pared creando una escalera? Pues ya sabes cómo superar esta parte de la pantalla”.

Parece como si el juego estuviera preguntando constantemente al jugador cada vez que avanza un poco. Por ejemplo, con el uso de poderes. Te pasas varias horas viendo cómo los mímicos (uno de los muchos enemigos de tipo Typhon que han tomado la estación espacial) se transforman en tazas y otros objetos para pasar desapercibidos, aprendiendo cómo funciona su poder. Pasado un tiempo, cuando obtienes los poderes de estos alienígenas, “¿acaso no sabes ya bastante bien cómo funciona y cómo puedes usarlos en tu beneficio?”

Y cuando no se te explica algo, se te pone delante un muro evidente con un pequeño letrero – a veces literal, a veces no – de que te falta una habilidad para poder entrar en esa sala tan interesante donde, por lo que ves desde la ventana medio abierta, hay objetos que te resultarían útiles para seguir avanzando. En otras palabras, el juego te anima constantemente a mejorar tu personaje con habilidades y a construirlo tal y como te parece más útil: con fuerza y resistencia en combate o con habilidades de ‘hackeo’ y sigilo o con poderes que permiten otras aproximaciones.

En resumen, todo esto deja ver una muy inteligente forma de explicar el complicado entramado de mecanismos del videojuego, algo que está en línea con el resto de juegos de Arkane Studios. Si con Dishonored ya despuntaron de nuevo en el panorama de los videojuegos y con Dishonored 2 demostraron que sabían repetir sus aciertos y limar sus fallos, con Prey le han echado aún más narices a su forma de hacer videojuegos.

Casi es una táctica suicida, sobre todo cuando se pone tanto peso en descubrir los muchos detalles que, a menos que te pares a observar, a conocer los escenarios y a seguir la historia (muchas veces contada por ordenadores todavía activos de los empleados que han muerto en la estación espacial), pasan desaparecidos y te dejan algo perdido. Si a esto sumamos que el uso de los mencionados poderes puede tener un efecto negativo y peligroso y volver en contra a las máquinas aliadas que te curan o protegen por el escenario, entenderéis el por qué de calificar esta actitud casi como suicida.

Así pues, y pese a su genio, hay que admitir que Prey no es redondo, ni mucho menos. Se pueden criticar mucho sus bajones de intensidad en la trama o que por momentos sea difícil aclararse con la interfaz (sobre todo en consola, donde yo lo he jugado) o que el manejo de armas en medio de un combate enerve un poco, pues los aliens pegan fuerte y no se andan con chiquitas.

Son aspectos que pueden estropear el resto de la experiencia, dependiendo del jugador. Aquí es donde entra la paciencia y los gustos de cada uno. En mi caso, no han hecho mella en el precioso conjunto de ideas, diseño y originalidad que envuelve a Prey y que lo convierten en uno de los títulos más atractivos de esta primera mitad de 2016.

Es una lástima, eso sí, que, como ocurre muchas veces con franquicias de videojuegos menos conocidas, no haya habido detrás suficiente marketing y que el jugador medio no vaya a conocerlo ni a sentirse atraído a priori por él. Pero si se le da una oportunidad, es muy difícil que vaya a decepcionar a nadie. Eso sí, hay que jugarlo con calma, observando, enterándose de cómo resolver cada situación y teniendo un poquito de ingenio para salir airoso de situaciones que, si no se miran con algo de mente abierta, pueden bloquearte.

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