“No me dejes olvidar esta canción”, canta Andrés Ciro Martínez en el último concierto de esta primera etapa de la vuelta de Los Piojos a los escenarios, a quince años de su separación. Está visto, el público no solo no olvidó las canciones de esta banda nacida y criada en Ciudad Jardín, sino que lleva un puñado de esos versos tatuados en la piel, escritos en las paredes de su barrio, impresos en sus banderas y remeras. Cómo se van a olvidar. Si el mismo Andrés, en su versión adulta y lejos hoy de andar colgado del tren como racimo, las interpreta con mayor efectividad que entonces, como lo hacen los grandes performers, para que esas letras retumben en el pecho de sus seguidores y se queden ahí por un buen rato: “Somos fantasmas peleándole al viento”. “Cuida siempre esa luz de marfil, que te acompañe hasta las puertas del fin”. “Pistolas que se disparan solas. Caídos, todos desconocidos. Bastones, que pegan sin razones. La muerte es una cuestión de suerte”. “Colgando del tren, como racimos”. “Voy a llevarte en mí. Y ahora sé muy bien, que me llevarás. Hasta dónde estés, a dónde vayas. Un tatuaje azul, en la voz azul”. “Si dijeras que ya no tenés miedo. Cuando lo único que amás es el espanto. Te diría que estás muerta, mi amor”. Y así varios más.
Allí reside lo más sagrado de esta vuelta: el poder de las canciones. Un poder tan grande que dejó en un segundo plano la ausencia de un histórico como el bajista Micky Rodríguez y descartó todo tipo de polémica a su alrededor. Un poder que se apoya en riffs y melodías, en onomatopeyas y percusiones, pero que se potencia con la fuerza de una lírica que marcó a fuego a varias generaciones. Buena parte de la intelligentzia rockera ha subvalorado la obra y el impacto de Los Piojos en el rock argentino durante mucho tiempo. Este regreso confirma el lugar protagónico que la banda, y que Andrés Ciro Martínez, tienen en la historia local del género, especialmente en la década del 90.
Fueron dieciséis conciertos en seis meses, a los que asistieron aproximadamente 800.000 personas. Un regreso a la altura de los de Soda Stereo o Los Fabulosos Cadillacs en su momento, aunque como se encargó de dejar en claro el mismo Ciro, esto más que una “burbuja en el tiempo” (como había definido Cerati aquella vuelta de Soda), es más parecido a lo de Vicentico y compañía (de hecho la versión de “Pistolas” a cargo de los hijos de Ciro, de Dani Buira y de Piti estuvo en línea de la “renovación” de los Cadillacs con los herederos del tándem compositivo), con un futuro no tan lejano en el que habrá más shows y, muy probablemente, hasta algún disco con canciones nuevas (este fin de semana la banda estrenó una, “Paciencia”, que pronto grabarán y editarán a manera de regalo para sus fans).
Si hubo algún asterisco quizá haya sido la “cancelación” total de Micky en las imágenes de los primeros años de la banda que acompañaron los shows. Como si el bajista no hubiera existido, en contraposición al homenaje que se le hizo a Tavo Kupinski, fallecido en 2011. El guitarrista incluso cantó junto a sus compañeros, desde una grabación transmitida en las pantallas, su tema “Sudestada”. El emotivo momento terminó siempre con una frase: “Si no existe la memoria, todo lo nuestro es suicida”. Habrá que entender entonces que la memoria selectiva tampoco es buena, pero claro, quién es uno para señalar y decir cómo se debe sobrellevar un “duelo”.
De aquellos primeros conciertos en La Plata, en diciembre del año pasado, a este cierre con dos shows en el estadio ampliado de River, la banda mostró inclusive haberse afianzado en el camino, ensayo tras ensayo, concierto tras concierto. Se nota que no dejaron nada librado al azar. A falta de algún tipo de mística que pudiera haberse perdido por no contar en este regreso con dos de los integrantes originales, el grupo, y Ciro en particular (que, digamosló, volvió a demostrar su carisma arriba de los escenarios y dejó todo y más en cada uno de los conciertos), lo suplieron con trabajo y profesionalismo. Los Piojos ya no son los descamisados de Arpegios, claro, pero bienvenido que así sea. Y el público, que los acompañó a todas partes y apoyó cada uno de los conciertos que fueron sumando, así lo entendió. Ellos tampoco son los mismos y muchos compartieron esta vuelta con sus hijos (como ese nene que se viralizó cantando hasta las lágrimas cada una de las canciones desde los hombros de su padre). El ritual ya no es igual, pero se reinventa y sigue creciendo.
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