Hace un poco más de cuatro meses, la artista mexicana fue portada de ROLLING STONE en Español, una historia en la que no solo compartió las experiencias detrás de su más reciente producción, El vuelo, sino que también dejó claro que es una artista que, con paso firme, un baile potente y una voz inquebrantable, seguirá superando los obstáculos de la vida. Obstáculos que, literalmente, la han hecho comer tierra, pero que hoy le dan la fortaleza que irradia en cada concierto y en cada canción.
En esta nueva entrevista, la artista profundiza en esa fuerza interior que, más que “empoderamiento” —una palabra que no le gusta mucho por considerarla cliché—, representa una energía poderosa que transmite en cada presentación y en cada paso que da como artista.
¿Por qué decidiste dedicarte a la música y al espectáculo?
Desde chiquita me ha gustado la música y bailar. Yo tomaba clases de ballet con mi mamá, y también fue ella quien me enseñó a declamar, lo que me llevó a aprender mucho sobre las rimas y la poesía.
Recuerdo, en esas televisiones gigantes y cuadradas, ver los especiales que pasaban de The Beatles, y un poquito después apareció un grupo que se llamaba Parchís. Ese grupo me encantaba; con decirte que yo hacía parte de su club de fans y me llegué a enamorar de uno de sus integrantes —era mi amor de niña [risas]— y soñaba con algún día ser artista para conocerlo y ser su igual. Literalmente, la ilusión de una niña fue lo que me llevó a ser artista.
Más adelante, con programas como Juguemos a cantar, que eran muy populares en esa época, soñaba con cantar ahí. Grababa mis composiciones en un casete y las enviaba, y todos los días iba a revisar si había llegado alguna respuesta… pero nunca hubo una [risas].
“Cuando me dicen eso, siento que pierdo mi raíz, porque yo soy la chava del pelo suelto y los zapatos viejos… y esas ciudades pequeñas son mi base”.
La primera canción que compuse fue a los cinco años, aunque la que realmente recuerdo fue a los doce. Fue soñando con la música que llegué a un centro de capacitación artística para actores, aunque lo que yo quería era cantar. Si te hubiera conocido en ese entonces, lo primero que te habría dicho sería: “Hola, Santiago, mira esta canción que acabo de componer”. Me encantaba mostrarle mis canciones a todo el mundo, y después, todo se fue dando.
Sin lugar a duda eres una de las artistas más influyentes. ¿Qué consejo te hubiera gustado recibir cuando empezabas y que hoy le darías a una artista emergente?
Son muchos, es imposible quedarse con uno solo. Pero hace poco le dije a una chica muy talentosa, que estaba preocupada porque no sabía si su música le iba a gustar a la gente: “Lo más y verdaderamente importante es que te guste a ti. Imagínate que una canción tuya se vuelva un hit sin que te guste, y tengas que cantarla toda la vida”. Lo que a uno le gusta, hay que defenderlo, porque proviene de la honestidad, y la gente que conecte con tu música será gente real que conecta contigo de verdad.
Los artistas deben cantar en la calle, en los bares, en lugares donde tal vez la gente no los conozca; ahí es donde se empieza a conquistar y a aprender a llamar la atención del público. Recuerdo muchas fiestas de quince años en las que iba a cantar y nadie me prestaba atención. Ahí aprendí, haciendo cosas medio locas, a lograr que la gente me notara, porque nunca quise ser de esas artistas que solo entretienen una reunión, yo quería ser una artista que moviera el piso, una artista escuchada.
Eres una artista multifacética que nunca se ha olvidado de cantarle a su pueblo. No eres como algunos artistas que solo cantan en arenas y en las ciudades más grandes. “Gloria del pueblo para el pueblo”, dicen. ¿Por qué te parece importante seguirle cantando a tu gente, a esas personas de ciudades no tan grandes?
Muchas veces he recibido comentarios de personas dentro de la industria que me dicen: “No te puedes presentar en Zacatlán de las Manzanas porque es un lugar muy chiquito, una ciudad muy pequeña”. Cuando me dicen eso, siento que pierdo mi raíz, porque yo soy la chava del pelo suelto y los zapatos viejos… y esas ciudades pequeñas son mi base, fue en lugares así donde empecé a levantarme.
“No se trata solo de mostrarme empoderada en el escenario, porque yo he sido pisoteada, he mordido el lodo junto a mis lágrimas, y sé lo que es no tener libertad”.
Siempre he pensado que si el pueblo te quiere, al final todos lo harán. Como digo en mi canción ‘Todos me miran’, al final los fresas también te amarán [risas].
Dentro de tu amplio repertorio, siento que un mensaje claro y contundente es la importancia del empoderamiento. ¿Dirías que ese es el mensaje principal de tu música?
El mensaje más importante que transmito con mis canciones es, en primera instancia, demostrar que todos somos vulnerables. No se trata solo de mostrarme empoderada en el escenario, porque yo he sido pisoteada, he mordido el lodo junto a mis lágrimas, y sé lo que es no tener libertad.
Cuando hablo de empoderamiento —palabra que no me gusta mucho porque es cliché—, prefiero decir que hablo de levantarse y ser fuerte, de seguir adelante, de no atacar, pero sí defenderte. Lo hago con una autoridad que me da la experiencia, y justamente eso es lo que realmente conecta. Sería muy fácil no haber pasado por nada y salir a decir “yo soy la más chingona”, pero la gente que ha vivido cosas duras no conectaría igual. En cambio, quienes han pasado por situaciones difíciles se sienten identificados, y eso los motiva a levantarse.
La conexión que tengo con mi público es única, porque somos personas que de verdad nos hemos levantado, o que se están levantando con mucho esfuerzo y fortaleza.
¿Qué tanta fortaleza te dio haber estado privada de la libertad?
He estado privada de mi libertad de diferentes maneras. Una de ellas es la falta de conocimiento y la vulnerabilidad, porque el conocimiento también es libertad. Esa privación es muy fuerte, y la viven millones de personas en el mundo por distintos motivos. También estuve privada de mi libertad en una cárcel, tras los barrotes.
“Prefiero decir que hablo de levantarse y ser fuerte, de seguir adelante, de no atacar, pero sí defenderte. Lo hago con una autoridad que me da la experiencia, y justamente eso es lo que realmente conecta. Sería muy fácil no haber pasado por nada y salir a decir “yo soy la más chingona”, pero la gente que ha vivido cosas duras no conectaría igual”.
Estando ahí, encontraba pequeños rayos de libertad escribiendo canciones y desahogándome. Uno debe permitirse llorar y sentirse triste en el rincón más desolado, para después tener la fortaleza de salir y cantar cosas como las de ‘Ábranse perras’: “No, nunca fui yo / la que lloraba amargamente en un rincón / no, nunca fui yo”. Canto eso, pero claro que fui esa… y justamente eso es lo que me da la fortaleza para poder cantarlo.
Por medio de la música, en todas las situaciones en que estuve privada de la libertad, la fui recuperando. Cuando escribía y cantaba una canción en prisión, me olvidaba del lugar donde estaba, sentía cómo podía liberarme. Soñaba con volverlo a hacer en el escenario, y muchas veces también me desahogaba ahí. Por eso se nota tanta fuerza en mis shows y la conexión con el público es tan genuina.
Es muy bonito e interesante pensar en todos los poderes que tiene la música.
Claro, la música es poderosa para todo, desde sanar un corazón hasta ayudar a dormir.
“Yo soy un martillo que rompe tabúes”.
Hace poco asistí a tu concierto en Bogotá y toda esa fortaleza de la que hablas también se refleja en tus shows, principalmente en tu baile.
Total. Trabajo muchísimo en mi condición física. Me encanta romper barreras generacionales y decir que hay vida después de la menopausia [risas]. Es un mensaje muy padre, no solo para las personas de mi edad, también para las chavitas. Que todos esos tabúes empiecen a romperse. Yo soy un martillo que rompe tabúes.
Para terminar, al mirar atrás tu extensa y fructífera carrera, ¿de qué te sientes más orgullosa?
De muchas cosas. Una que me llena de orgullo es la vigencia. Me encanta no vivir de mi pasado, siempre estoy trabajando en un nuevo proyecto. También, del público, de su amor y de la conexión tan impresionante que tenemos. Eso lo valoro más que cualquier premio o reconocimiento. Y, por supuesto, de mis hijos, ellos son lo que más orgullo me da en el mundo.
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