Cuando Rosalía publicó Motomami hace casi cuatro años, le dio la vuelta a lo que el público promedio podía esperar de un nuevo álbum de su autoría, esto tomando en consideración sus dos primeros trabajos discográficos con una carga flamenca prominente y su incursión en lo urbano. En aquel tercer LP, la cantante y compositora española deconstruyó el pop, el dembow, el jazz y la bachata, por nombrar algunos, y utilizó las piezas resultantes para armar una obra que expuso su forma ilimitada de ver el arte. Ahora, presenta su cuarto álbum de estudio que, siendo descrito en términos de su concepto, puede hacer que cualquiera se cuestione sus creencias respecto a Rosalía.
Desde ‘Berghain’, el primer sencillo de Lux, ya se notaba un cambio abrupto en el que la artista se apartó del asfalto para comenzar su ascensión acompañada de la Orquesta Sinfónica de Londres, una Björk convertida en pájaro y un Yves Tumor omnipresente. Escuchar su voz de ópera en alemán y el sonido orquestal apocalíptico fue toda una sorpresa, sin embargo, no fue preparación suficiente para lo que es Lux en su totalidad: un álbum sublime que pide a gritos ser escuchado con toda la atención que pueda dársele.
El primer movimiento abre con ‘Sexo, violencia y llantas’, una balada en la que Rosalía se debate entre el amor a lo terrenal y el amor a lo divino, anteponiendo el primero. ‘Reliquia’ profundiza en este sentimiento de pertenecerle –más no pertenecer– al mundo, pues declara que ha dejado tantas partes de sí misma en diferentes lugares que ni su corazón es suyo. Este primer acto de Lux se va tornando más caótico e incluso demonial hasta que los diamantes brotan por los ojos de Cristo en ‘Mio Cristo Piange Diamante’, un tema invadido por el agobio y desesperación que provoca el ver cómo la ternura es abatida por la hostilidad.
Pese a la impredecibilidad de este trabajo, Rosalía remonta brevemente a Los ángeles y El mal querer en ‘Un mundo nuevo’ y ‘De madrugá’, esta última rescatada de la era de su segundo álbum. Así es como hay momentos en los que su formación en flamenco pasa a un primer plano –como también ocurre en ‘La rumba del perdón’ junto a Estrella Morente y Sílvia Pérez Cruz–, o sigue dando visos en sus cortes más experimentales –como ‘Divinize’, una especie de hyperpop orquestal donde se asoman unas palmas.
Después de enfrentarse a su propia oscuridad, la cantante continúa su sendero hacia la iluminación comprendiendo qué es lo que considera verdaderamente sagrado y aclarando que es un ser humano imperfecto. Canciones del tercer movimiento como ‘La yugular’, ‘Focu ‘ranni’ y ‘Sauvignon Blanc’ exponen al amor como uno de sus pilares, pero entendiéndose como un sentimiento divino, no netamente terrenal, que atraviesa su carne hasta lo más profundo de su psiquis y espíritu. Es por amor que dejaría todo lo material y que se enfrentaría al cielo y al infierno.
La ingeniosidad de Rosalía para escribir llega a su punto máximo de brillantez en ‘Novia robot’, cuyas referencias a la cultura pop hacen más contundente su crítica satírica y mordaz al uso de los cuerpos de las mujeres y de las personas asignadas mujer al nacer. Coincidencia o no, los tres cortes que no tendrán un lanzamiento digital son de los más intrigantes a nivel lírico, conteniendo versos como “Seré mía y de mi libertad” (‘Focu ‘ranni’), “No seré hombre, ni mujer/Seré lo que mi corazón diga” (‘Jeanne’) y “Me rebelo para nacer de nuevo” (‘Novia robot’).
‘Magnolias’ es un final maravilloso. En él, la catalana habla desde su propia muerte y pide que sea despedida con grandiosidad con azúcar morena y motocicletas dando vueltas alrededor de su ataúd. Aunque a lo largo del álbum recuerda que más que una artista es una persona, al final reconoce que su impacto es tan grande que puede ver cómo hasta sus enemigos más acérrimos se acercan a darle un último adiós. Y es justamente esto lo que es Lux, una obra para entender a Rosalía más allá del mainstream, más allá de los hits. Es una evidencia monumental de que su mejor música es aquella que no busca agradar sino servir de puente entre lo que sucede en su interior y los demás seres humanos.
Si bien Lux es un viaje intenso hacia sus creencias, sigue siendo universal y no solamente por el hecho de incluir letras en 13 idiomas, sino porque dichas creencias son tan complejas como las de cualquiera. A su vez, es un álbum que recuerda que la música, más que un negocio es una forma de arte y, como tal, debe ser apreciada por su contenido en lugar de hacerlo por su potencial para elevar números.
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